DESIERTOS

Tú eres mi Camino de Santiago

Coartadas

Mario Lafuente Gómez

CIUDAD DE SOMBRAS

Nacimos en una ciudad que ya no existe. Aprendimos a caminar en sus calles colmadas de una lluvia antigua, holladas por el acero de mil pasos perdidos. Su cálido abrazo era refugio y calma tras el fragor de la batalla. Su aroma de otro tiempo impregnaba el alma para embriagar con su dulzura las noches de naufragio.

Aquella ciudad había surgido de las profundidades de la Historia y crecía en días sin fin bajo un cielo de todos los colores. En ella conocimos el amor y perdimos la fe, atravesamos el mundo y palpamos la oscura densidad del silencio. Planeamos abandonarla, dejar atrás la amenaza de su abismo bajo nuestros pies.

Hoy recorro otras calles, pero sigo respirando el mismo aliento, pues nada hay más fuerte que la pulsión del deseo cuando el corazón reclama su hábitat. La ciudad donde nací ya no existe, pero su impronta pervive en las horas que levantan la tormenta del presente, en los desiertos que caben entre los brazos, en las sombras que se ciernen incólumes en la memoria.


Enrique Ariño Gil

Ya no recuerdan qué fue aquello que los alejó del bosque prometido, la razón de este caminar un día y otro los bordes de las tierras conocidas, incapaces ya para siempre de alcanzar alguna vez su centro. Sí, en cambio, cómo fue el propio comienzo, pues es algo que cada uno de ellos trata de reordenar al final del día en la estación de pernocta que lo albergará, un punto en el camino que se alcanza por el sonido de las voces que en la atardecida sirven de guía. Quizá el señuelo de la alondra que aleteaba en el polvo para distraer al humano del expolio del nido, el olor de las flores del árbol de paraíso, los diez más doce pasos con los que se quería alcanzar un papel volado en el que se adivinaba escritura, todos principios diferentes pero que se destacan parecidos por el fondo común de descubrir a aquellos que se distraen fácilmente. Nos recordamos en un margen o desvío, no lejos todavía del punto de partida, detenidos, girando la vista y decidiendo direcciones, juzgando quizá tan solo por la densidad que aporta cada uno de los vientos con que se ordena en la esfera.Quién sabe si de verdad la causa estuvo en un amor que nos quería y reclamaba, como a veces nos gusta explicarnos, o si es cierto en cambio que fue que alguien contó aquella historia, inventándola justo para nosotros en el momento exacto en que la necesitábamos. Tal vez el libro que leíamos terminaba en otra parte, o bien, simplemente nos absorbimos en él hasta olvidar nuestro andén de parada y tardamos en descubrir que desconocíamos los nombres de las estaciones. Cuando de repente nos descubrimos extraviados y pensamos que habíamos descuidado lo esencial, el paisaje reveló su belleza, compuesta tan solo con el color del cielo y de los infinitos tonos que se escalan desde el blanco de la sal al rojo de la sangre vertida por los animales que viven de la caza. Es por eso que ahora acampamos en esta tierra de arenas y ofrecemos hospitalidad si un alma que se nos asemeja alcanza por azar errante nuestro fuego.